¿Llega el gobierno al 2023?

¿Logró el gobierno comprar algo de tiempo con la asunción de Massa? Es la pregunta del momento y es lo que buscaban Cristina, Alberto y el resto del peronismo. Incluso, la oposición. Algo de tiempo. O, dicho menos elusivamente, evitar un derrumbe inminente: una renuncia

¿Llega el gobierno al 2023?

Editorial El Aromo Nueva Época N° 5

¿Logró el gobierno comprar algo de tiempo con la asunción de Massa? Es la pregunta del momento y es lo que buscaban Cristina, Alberto y el resto del peronismo. Incluso, la oposición. Algo de tiempo. O, dicho menos elusivamente, evitar un derrumbe inminente: una renuncia presidencial y elecciones anticipadas, en un escenario muy poco predecible. O, peor, la asunción de Cristina. O, peor aún (para ella), la obligación (de ella) de definir si va a tomar las riendas o no. Pero el tiempo también es un tesoro para una oposición, que todavía no definió ni su dirección, ni sus contornos hacia la derecha (Milei, Espert) ni hacia la “izquierda” (Urtubey, Schiaretti).

La respuesta requiere de alguna precisión. No hay un solo “tiempo”, sino varios, y cada uno de los interesados necesita otro tipo de “tiempo”. Cristina, el necesario para resguardar al conurbano y construir una candidatura. La oposición, el que desate un ajuste que le deje un fondo desde el que solo se pueda ascender y el que le permita depurar, incluir y cerrar filas. El de Alberto y el de Massa es el más puramente cronológico: llegar a octubre de 2023.

¿El precio? Para Cristina, sumar un contendiente más, perder algunas posiciones (por ahora, Energía y Banco Nación) y arriesgarse a un liderazgo que no controla. Para Alberto, resignar lugares (la salida de sus colaboradores e interlocutores como Beliz, Scioli y Domínguez). Para la oposición, sumar un elemento disruptivo, al que si le va bien, le rompe el frente. Para Massa, su “imagen” o, más concretamente, su carrera política.

Vamos a lo que se consigue o no: tiempo. Ante todo, no se puede decir que la llegada de Massa al gabinete haya tenido un efecto neutro. En lo inmediato, en el cortísimo plazo, la jugada evitó la aceleración de una dinámica desatada entre la resonante renuncia de Guzmán y la insípida asunción de Batakis, que terminaba inevitablemente en la caída del gobierno. Ese es el tiempo que, por ahora, consiguió. Pero no parece alcanzar para más que eso. La suba de tasas, el “dólar-soja”, el canje de bonos, los REPO, los fondos árabes, y otra suba de tasas, no solamente son medidas aisladas sin un plan general, sino que ninguna funcionó. El BCRA se quedó sin reservas líquidas y la inflación hoy iguala al 71% anual de enero de 1990. Recordemos que ese fue un mes de saqueos. Ahora bien, hay que hacer una serie de aclaraciones. Primero, la inflación anual para 2022 se proyecta alrededor del 100%, o sea, a niveles muy superiores de 1990, un nivel que hoy podríamos considerar una “híper”. Segundo, ese enero fue un pico, desde el cual la inflación comenzó un declive. En cambio, este parece ser un escalón más de una tendencia ascendente. Recordemos que el dólar oficial y las tarifas de servicio y transporte están atrasados. Eso quiere decir que debemos esperar una espiralización mayor, precedida por un vaciamiento mayor del BCRA y de los depósitos privados. Es decir, no avanzamos hacia 1991, sino hacia los ’80.

¿Qué significa eso? Que a menos que medie un volantazo o un contexto mundial excepcional, con estos números, el gobierno no llega a las elecciones. Dicho de otra forma: están pagando un precio muy alto por una mercancía ciertamente exigua y perecedera.

Massa no deja de proclamar que él viene a primerear al consenso liberal, por la vía de poner en práctica un ajuste ortodoxo. Pero para eso hay que reunir cierto caudal político que no trajo bajo el brazo ni se lo pueden dar, aunque quisieran, Alberto, Cristina, ni ningún sector del peronismo por separado. Tiene que salir a buscarlo en varias direcciones. En todas, incluyendo a los que están fuera del FdT. ¿Por qué? Porque las medidas a tomar en forma inmediata requieren un apoyo político por arriba y por abajo. Por arriba: necesita un colchón de dólares para sostener la devaluación necesaria, la haga en forma abrupta o en forma progresiva. O sea, la burguesía nacional y los bancos internacionales deben decir “es este”, “es ahora” y dejar de especular con el próximo gobierno. Por abajo: el tarifazo fue el detonante de las masivas movilizaciones y la caída de los gobiernos en Chile, Colombia, Perú y, algo más lejos en el tiempo, Brasil. Los últimos dos, de signo “progresista”.

Para relanzar la acumulación de capital en Argentina, hace falta una caída generalizada. O la hace el “mercado” o se administra políticamente. Pero esa administración implica el ajuste a toda la clase obrera, a las estructuras políticas y a la propia burguesía, o una segmentación progresiva (primero uno y después el otro). Hoy lo que vemos es que no hay dirección. Ergo, cada uno intenta salvarse, pide más plata (gobernadores, intendentes, empresarios planeros) y echa más leña al fuego, lo que genera una aceleración del problema.

Cuando Alberto asumió, el escenario por delante era complejo pero accesible. Complejo, porque la soja no empujaba y Macri se había gastado todo el crédito, pasándole la bomba que recibió en 2015. Accesible, porque condensaba las expectativas de los descontentos con Cristina y con Mauricio y no tenía una calle complicada para realizar. Con el paso del tiempo, el costado “accesible” fue cobrando fuerza: la pandemia, la alianza con Horacio Rodríguez Larreta, la votación del peronismo contra Cristina en el acuerdo con el Fondo… En todas esas ocasiones, tuvo la oportunidad de jubilar a Cristina e inaugurar el albertismo. No lo hizo. Promovió peleas y rupturas de las que después no se hizo cargo (“nos peleamos con Tyson, gratis…” fue la sentencia de Gerardo Martínez). Su cobardía e ineptitud dejaron un escenario explosivo y un gobierno paralizado, mientras la crisis iba avanzando junto con los fracasos, lo que revirtió la ecuación inicial.

Alberto perdió sus funcionarios. Massa entró sin su gente (Redrado, Rapetti, Bossio, Lavagna se negaron) y no puede controlar las principales cajas. Pero Cristina tampoco puede gobernar. Resultado: todos se necesitan y todos son conscientes del peligro, pero todos se anulan mutuamente. Alberto es acusado de tibio y negligente, pero lo mismo se puede decir de Cristina: tiene el control de las cajas y de la provincia de Buenos Aires, pero no usa su poder. Nunca se sabe lo que piensa, no tiene ninguna propuesta, no se hace cargo del gobierno y se la pasa impidiendo, cuando no expulsando ministros. Por qué un inútil y una nena caprichosa llegan al poder -y peor aún, llegan juntos- es algo que sólo se puede responder si se comprende la profundidad del pantano en que está metida la política argentina.

Gobernar hoy en la Argentina requiere de ejercer una dirección en el terreno. Eso implica controlar, liderar e integrar a tres actores: los intendentes, los gobernadores y los “movimientos sociales” y el obstáculo es que no hay una caja única. Siempre es más fácil cuando hay plata para todos. Hoy hay que hacerlo con recortes. Y eso vale para este gobierno y para el que venga. El problema con estos últimos no es estrictamente económico (no son los responsables del déficit), ni social (no representan una amenaza), sino político. O mejor dicho, de estacionamiento. De ser apoyo, más o menos autónomo, a los intendentes y gobernadores, pasaron a ser una competencia. El quiebre fue la candidatura de Patricia Cubría (Movimiento Evita) a intendenta de La Matanza, amenazando la columna vertebral del kirchnerismo. Néstor controló y cooptó esos movimientos, pero no los disolvió. Estatizó a las organizaciones, pero en un estado que no estaba integrado, sino loteado.

Sobre el fracaso y la procastinación de este gobierno, se va construyendo un consenso liberal (con Melconian, y las apariciones de Cavallo) que tomó la decisión de realizar una guerra de guerrillas y de esperar. No se alinea con ningún dirigente. No participa en la interna de la oposición, pero pide que se resuelva. Massa intenta hacerle un guiño, pero representa a empresarios que no quieren ser ajustados (Manzano, Brito, Ezquenazi, Midlin). Su política es recrear ese “centro” que recurrentemente emerge. Un espacio transversal en el que confluyen Horacio Rodríguez Larreta, Pichetto, Urtubey, Schiaretti, Monzó, Morales, Frigerio, Vidal y otros tantos, como antes fueron Massa, Alberto y Randazzo. A ese espacio le apuntó, y se le anticipó, Lilita, que actuó como una francotiradora de Mauricio.

Del otro lado, la calle comenzó un movimiento, pero lento aún. ¿Qué es que la calle “se mueva”? El surgimiento de organismos inicialmente ambiguos (“autoconvocados” de diverso tipo), pero “nuevos” y, hasta cierto punto, “espontáneos”, que, en un primer momento, muestran una aceleración de un estado de ánimo de acción directa que va más rápido de la posibilidad de encuadrar y que se constituye en la materia prima de la disputa programática y de la construcción de la política revolucionaria de masas. Por ahora, ese fenómeno no se presentó sino muy embrionariamente y no a la velocidad y envergadura de la crisis de conciencia. Dicho de otra forma, hay más descontento y ruptura ideológica que práctica. Por lo tanto, hace falta una intervención que interpele ese tipo de crisis. Eso implica construir una alternativa a ese consenso liberal. Una alternativa no es simplemente decir NO. Es mostrar que hay otra forma de abordar los problemas y hay una forma de resolverlos, en lugar de agravarlos. Es necesario, por lo tanto, poner en la disputa una nueva propuesta. Nueva, no solo por socialista, por obrera, frente a la sucesión de planes burgueses que nos han llevado hasta acá. Nueva, porque propone un plan de salida que no fue contemplado, por nadie, hasta ahora. Nos referimos, como habrán adivinado, a Vía Socialista.


Publicado en El Aromo Nueva Época N° 5 – Agosto 2022